Martin Dahms

Europa

(11 Marzo, 2010 10:44)

Desde enero de este año España ostenta la presidencia de la Unión Europea, lo que es una suerte para Europa, opina Diego López Garrido, Secretario de Estado para la Unión Europea. Exagera. En cambio, Europa es una suerte para mí. Hace quince años llegué a España y nunca me han tratado como extranjero. A diferencia de otros, yo no tengo que arreglármelas en este país como si fuera ciudadano de segunda. Yo soy extranjero comunitario. Una suerte para mí.
 
El otro día me llegó una carta del Ayuntamiento, encabezada con grandes letras que decían “Aviso importante”. En la carta me pidieron que pasara por la oficina de empadronamiento (más exactamente: por cualquier “Oficina de Atención al Ciudadano”, como la llaman amablemente), porque “según las informaciones del Instituto Nacional de Estadística es necesario que confirme que sigue afincado en su domicilio habitual”. ¿Qué sabía el Instituto Nacional de Estadística sobre mí que yo mismo ignoraba?
 
Fui a la oficina más cercana. Eran sobre las cinco de la tarde, y desde luego, en la oficina de atención al ciudadano, a partir de las 14 horas, ya no se atendía a ningún ciudadano. (¿Por qué, en la administración pública de todo el mundo, solo se trabaja por la mañana? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué?) Mi segunda visita a la oficina también fue en vano. Eran las doce y media, y delante de la oficina había una larga cola. Me dejaron entrar sin hacer cola sólo para, una vez dentro, decirme que volviera a la mañana siguiente, momento en que me darían un número y me atenderían. Para hoy ya no quedaban números.
 
Mis ganas de ser un buen ciudadano disminuyeron. Sobre todo porque empecé a sospechar que la Administración española me trataba como a un indigno extranjero. A pesar de todo, unos días más tarde volví. Cuando quise sacar mi número, no me dejaron: antes tenía que hacerme una fotocopia del pasaporte. ¿Y por qué no se me había avisado de la necesidad de llevar una fotocopia del pasaporte en el “Aviso importante”? Me fui, me hice una fotocopia del pasaporte, y cuando volví a mi oficina de atención al ciudadano, me dejaron pasar sin más a la ventanilla del empadronamiento, sin sacar ningún número, sin hacer cola. El papeleo estuvo hecho en cinco minutos.
 
Al despedirme, pregunté a la amable funcionaria, qué era lo que había hecho yo para que de repente tuviera que confirmar mi domicilio habitual. “Se lo inventaron para los comunitarios”, dijo con una dulce sonrisa. Yo murmuré algo de prohibición de discriminación. Su sonrisa se amplió: “Ya les tocará a los españoles, tarde o temprano.” Mira por dónde, pensé: nosotros de avanzadilla, y los españoles detrás. Así avanza Europa.

Martin Dahms
Subir